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Red de Investigadores sobre Identidades Nacionales

Docencia burocratizada

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Transcribimos un pasaje de un artículo de Manuel Ferrer Muñoz, “Un punto de vista sobre la investigación en las universidades ecuatorianas”, que se halla en vías de edición en Convivencia, revista de la Universidad de Panamá.

Con este texto damos continuidad a la línea de publicaciones que arrancó con la reproducción del artículo “El profesor universitario del siglo XXI”.

___________

La formación de muchos docentes [ecuatorianos] en el ámbito de la investigación no es, ciertamente, la más adecuada […]: hasta el punto de que están resignados y casi satisfechos con la dedicación a las múltiples tareas burocráticas que, de modo recurrente, recaen sobre los académicos por obra y gracia de los embarullados y sucesivamente reprogramados y contraprogramados procesos de evaluación de las universidades, carentes de sólidos puntos de anclaje, que impulsa el Consejo de Evaluación, Acreditación y Aseguramiento de la Calidad de la Educación Superior (CEAACES), en una búsqueda en apariencia sempiterna de modelos de evaluación que ingenuamente se quieren ‘definitivos’ y que tienden a identificar calidad y eficiencia administrativa[1].

Desprovistos muchos profesores de bases para el desarrollo de la investigación y desconocedores de las metodologías aplicables en sus áreas de conocimiento, resulta poco menos que imposible que se adentren en la experiencia investigadora, sin que basten episódicos talleres de capacitación, que, habida cuenta del desconocimiento y desinterés de muchos miembros de los claustros académicos, no dejan de constituir simples paliativos. Esto sin contar con que la mayoría de los cursos de formación que se organizan están orientados a la docencia, porque tradicionalmente ninguna universidad ecuatoriana cimentó su prestigio en la investigación y porque, como observó en su momento Felipe Burbano de Lara, muchas universidades se conciben a sí mismas como de docencia y no de investigación (El Universo, 15 de diciembre de 2013), temerosas de enfrentarse el reto que comporta impulsar la investigación –y sus correspondientes técnicas- desde la propia institución universitaria.

[1]         Vienen a propósito las palabras del maestro Arturo Andrés Roig (2001, 41) con que un grupo de académicos encabezó, en abril de 2014, un Manifiesto sobre el Modelo de evaluación de las universidades ecuatorianas: “no cabe duda [de] que el evaluador, cualquiera que fuere, debe ser evaluado y que una de las vías inalienables con las que cuenta la universidad para ejercer esa función es la de la libertad de sus claustros”.

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