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Red de Investigadores sobre Identidades Nacionales

Agustín Millares Cantero. Incógnitas. Mujeres de izquierda en Gran Canaria (1931-1939), La Orotava, Le Canarien Ediciones, 2015,

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millares, incógnitas

 

Reproducimos, con permiso del autor, el capítulo 5 de su último libro, Incógnitas. Mujeres de izquierda en Gran Canaria (1931-1939), que narra la historia de Maruja Soto, ilustradora gráfica, empleada de banca y notoria militante socialista de los años de la II República.

Entrevista con el autor sobre el iter de este libro:

http://www.bienmesabe.org/noticia/2015/Abril/incognitas-mujeres-de-izquierda-en-gran-canaria-el-nuevo-libro-de-agustin-millares-cantero

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Maruja Soto estuvo allí “herida por arma de fuego”, reza el certificado de defunción al indicar las causas de la muerte. El juez municipal Agustín Manrique de Lara y del Castillo-Olivares y el secretario Manuel Romero Spínola, en unión de dos testigos, lo rubricaron en Las Palmas de Gran Canaria a las 11 horas del 21 de marzo de 1934. Un día antes, exactamente, el titular del Juzgado de Instrucción del Distrito de Vegueta, Dionisio Bombín y Nieto, había ordenado el levantamiento del cadáver y la práctica de la autopsia, despliegue de los procedimientos legales reglamentarios.

La difunta se llamaba María Soto Tavío, de 27 años de edad. Durante la última noche de su vida asistió a una de las numerosas tertulias congregadas en el domicilio familiar de la calle Buenos Aires, número 18, sin que los partícipes advirtieran síntoma alguno de anormalidad en su comportamiento. Se levantó de la cama hacia las siete del 20 de marzo y estaba acicalándose en el dormitorio para salir cuando, en reacción súbita, tomó una pistola y disparó directamente al corazón. No dejó carta alguna revelando los móviles del suicidio ni entre sus deudos hubo quien adivinase, al menos en apariencia, la eventualidad de un trágico e inminente fin.

De profesión “su casa”, según recoge el certificado aludido. La tópica entradilla era por completo artificial. Maruja (o Maruca) Soto Tavío, en el tramo postrero de su corto aunque fecundo existir, fue ilustradora gráfica de notoriedad y una de las socialistas con mayores créditos en las Canarias Orientales. Las inclinaciones artísticas de la interfecta le llegaron por conducto de su madre, todo un símbolo de la intervención femenina en la cultura insular del período de entre siglos y a continuación. En octubre de 1901, al casar con el almeriense Nicolás Soto Sánchez, oficial de Telégrafos, la tinerfeña Lía Tavío Martínez ocupaba a sus 27 años, los mismos a los que su hija decidió quitarse de en medio, un lugar visible dentro de la gente nueva, esa promoción de hombres y de mujeres que, a raíz de la crisis de 1898, trajo apetitos renovadores para la sociedad canaria. El matrimonio se instaló primeramente en el Puerto de la Cruz, localidad donde la esposa había nacido el 13 de octubre de 1874, y allí lo hicieron sus hijas María y María Lía y su hijo Leopoldo, con anterioridad a los destinos peninsulares del cabeza de familia entre 1910-1922; por entonces vino al mundo el benjamín Nicolás, postrer emigrante a tierras americanas. De Madrid a Cádiz, pasando por Medina Sidonia, la polifacética artista Lía Tavío siguió cultivando sus facultades como pintora, escultora, pianista, compositora y poeta de creciente reputación dentro y fuera de las Islas. Nicolás Soto concursó exitosamente a la jefatura segunda de la Sección de Telégrafos de Las Palmas en 1922 y a esta ciudad arribó la parentela el 25 de septiembre en el vapor Reina Victoria. Sucesivamente residió en el número 35 de la calle Mayor de Triana y en el 18 de Buenos Aires. En ambas viviendas de alquiler instaló la cónyuge una academia de dibujo y pintura que ipso facto congregó a interesados aprendices de ambos sexos. El marido falleció el 2 de octubre de 1926 a los 55 años y la viuda quedó con una pensión modesta de 350 duros anuales. La planta baja del número 18 de la calle Buenos Aires no tardó en convertirse en cenáculo intelectual, sede de frecuentes veladas para un variado sector del mundillo cultural de Las Palmas.

En semejante contexto y bajo la guía materna brotaron las aficiones de Maruja Soto por el Arte, siendo la única descendiente de la anfitriona que heredó algo de su pericia. Una de las complicidades entre ellas aconteció durante el transcurso de la gala cervantina que los republicanos federales del Ateneo Popular organizaron el 23 de abril de 1928. Además de leer las cuartillas que la madre tituló “Comentos del Quijote”, la primogénita trazó al creyón desde el escenario las principales figuras de la genial obra, sirviéndose de los grabados del pintor malagueño José Moreno Carbonero.

Sin duda acaparó la señorita Soto las atenciones de los tertulianos del círculo de la virtuosa. Uno de ellos, el caricaturista Teodomiro Morales Torón (Teté), educando de la primera hornada de la Escuela Luján Pérez, le dedicó una de sus láminas en la muestra que el referido centro montó en enero de 1930. Al decir del socialista José Rial Vázquez, había “ahondado en la imagen hasta llegar al alma”.

Después de la muerte de su progenitor empezó Maruja Soto a trabajar en el Banco Hispano-Americano, institución que desde la oficina central en la Plaza Ambrosio Hurtado de Mendoza había establecido sucursales en la calle Mayor de Triana y en el Parque de Santa Catalina. A esta ocupación profesional agregó las enseñanzas del escultor aruquense Manuel Ramos González en su Estudio y Academia del Puerto de La Luz, por aquellas fechas emplazado en “un angosto piso” de la calle Sagasta. Cuando un reportero de La Provincia lo visitó a mediados de marzo de 1933 no dudó en incorporar a Maruja Soto entre la media docena de alumnos aventajados del maestro, al lado de José de Armas Medina, Luis Sotomayor y Van de Walle, Luis Guedes Caballero, el septuagenario inglés Astor Boisselier y el niño Miguel Alonso Muñoz. En compañía de Sixto Flores del Cueto, Enrique Wiott Moreno y Francisco Sánchez Rodríguez, tales discípulos participaron en la exposición inaugurada por el escultor el 20 de mayo en el Gabinete Literario, presentada por el abogado y periodista Luis Benítez Inglott.

Única mujer entre un elenco sobre todo prendido a la derecha, bien a la Juventud de Acción Popular o a la Juventud Popular Agraria Autónoma, con su madre asistió al convite que Manolo Ramos verificó el 25 de diciembre, en el taller privado de la calle Juan Manuel Durán, con objeto de despedir a un José de Armas que iniciaba la carrera de Arquitectura. El magisterio de Manolo Ramos fue sin duda importante a la hora de pulir y disciplinar la práctica de Maruja Soto, si bien de la madre provino en exclusiva la inspiración. Basta ojear la selección de cuadros que Lía Tavío ofreció a La Provincia en septiembre de 1933 para comprobar las deudas coetáneas de la hija. La una y la otra cooperaron estrechamente en alguna oportunidad. A primeros de agosto, el comité instituido a fin de agasajar a la poeta Josefina de la Torre Millares propuso a Manolo Ramos la manufactura de un pergamino artístico, y en el concurso realizado por el escultor entre sus aprendices ganó el croquis presentado por nuestras dos pintoras. La obra culminada la entregó el 21 de septiembre, durante el agasajo en el Hotel Metropole, el periodista Juan Padrón Melián, redactor jefe de La Provincia y uno de los fiadores de la idea. Él y Maruja Soto debieron intimar con motivo de las gestiones previas, de no arrancar el idilio poco antes. El rotativo insertó el 28 de agosto una foto de la joven en la Academia de Manolo Ramos y el columnista mentó entre sus creaciones destacadas la efigie a lápiz del médico Rafael González Hernández, lanzaroteño de larga y diversa ejecutoria en la sociedad grancanaria. El pie consignaba igualmente los cumplidos del director hacia la meritoria pupila y sus recomendaciones de ingreso en la Academia de Bellas Artes de San Fernando con prontitud. Hay casualidades en verdad asombrosas. La instantánea reflejó a la bella mujer delante de su caballete, sobre el que descansaba el lienzo del retrato en ejecución: se distingue el rostro de un hombre repulsivo, con gafas de concha y prominente calvicie, la viva apariencia del malvado en los filmes de Hollywood. Estaba dibujando al mismísimo Juan Padrón, el ser por el cual exterminó su vida siete meses después.

Los periódicos de izquierdas subrayaron en las reseñas necrológicas aspectos de la biografía última de Maruja Soto que los antagonistas de las derechas silenciaron. Uno de ellos fue el del contencioso del sector bancario de la capital provincial entre octubre-noviembre de 1933. El Sindicato Profesional de Empleados de Banca de Las Palmas tomó cuerpo desde finales del año anterior. En octubre del siguiente pregonaba disponer de 105 afiliados entre los 174 empleados y subalternos de las cuatro entidades de tipo privado que operaban en la capital provincial: Banco Hispano-Americano, Blandy Brothers Company, Bank of British West África Limited y Banco de Bilbao, por orden de importancia en cuanto al número de trabajadores-trabajadoras. Desde sus comienzos estuvo bajo la influencia del minúsculo Partido Comunista, fundamentalmente por mediación del presidente Juan Rodríguez Rodríguez y del secretario Dámaso Torres Galindo. A lo largo de junio de 1933 abordó con los patronos la ampliación de la jornada intensiva (horarios desde las 8 hasta las 14 horas) por los meses de julio a noviembre. Agotadas las negociaciones sin éxito, la asamblea del 27 de junio acordó una huelga sectorial a partir del 3 de julio “hasta la implantación de la citada mejora”. El paro indefinido no llegó a materializarse al sobrevenir un arreglo provisional que alargó un trimestre la susodicha jornada, dejando la problemática de octubre y de noviembre sujeta a futuros acomodos en el Jurado Mixto. Dicha institución se declaró incompetente al fin y dio pie a uno de los más tensos conflictos sociales del período. El Sindicato llamó a la huelga a partir del 6 de octubre de 1933, por negarse las direcciones bancarias a prorrogar la jornada intensiva otros dos meses, y la Delegación Provincial del Trabajo la declaró al punto ilegal. Llegó precedida de un boicot al Banco de Bilbao, con el apoyo de los amanuenses de las notarías, y encajó con otros litigios en Artes Gráficas y en las haciendas aruquenses de Felipe Massieu de la Rocha. Detrás de las advertencias oportunas, las corporaciones financieras despidieron a todos los huelguistas y el día 13 resultaron agredidos un par de esquiroles; se detuvo ante esos trastornos a un oficial del Hispano-Americano y a otro del Bilbao. La Federación Nacional de Empleados de Banca intimó con la obstrucción a tales rúbricas y la Federación Provincial de Sindicatos Obreros planteó inicialmente huelgas escalonadas de solidaridad, llevando a cabo un mitin el día 15 en el Pabellón Recreativo. El acceso del gabinete Lerroux dio alas a la representación patronal: en nota de prensa argumentó que la mayor parte de los dependientes habían procedido bajo amenazas, que no podía tolerar “el estado de indisciplina y desorganización” e iba a prescindir de los “elementos perturbadores”. Seguidamente informó a la Delegación Provincial del Trabajo y al gobernador civil de la readmisión con todos los derechos, aunque sin percibir los sueldos devengados, del 86,21% del personal, esto es, de 150 sobre el total de 174 empleados y empleadas. Las mediaciones de los republicanos de Franchy, bien del constituyente Bernardino Valle Gracia o del alcalde Luis Fajardo Ferrer, se toparon con las intransigencias empresariales. Incluso la petición de reincorporar al conjunto de las plantillas que formuló el flamante ministro radical de Obras Públicas, Rafael Guerra del Río, mereció tan solo la licencia de reducir de 24 a 14 la cantidad de los expulsados. No reaccionó el Ministerio de Trabajo y Previsión Social hasta la convocatoria de huelga general indefinida, anunciada por la Federación Provincial de Sindicatos Obreros para el 30 de octubre. La perspectiva del arbitraje de un comisionado especial aplazó la misma hasta el 7 de noviembre y en el ínterin la contienda impregnó los prólogos de las elecciones generales. Los cinco puntos del ajuste del día 6 saldaron la derrota sindical al concluir la huelga. El asunto de la jornada intensiva fue pospuesto, a la espera del dictamen del Jurado Mixto Nacional de Banca sobre las competencias del homónimo local. Las empresas conquistaron el derecho de readmitir al personal que les interesara y la porción que no lo fuera podía ejercitar las acciones legales pertinentes. Del fracaso derivó que el sector de la banca privada no secundase el 18 de diciembre la huelga general federativa con su rosario de alteraciones. Los dictámenes del Jurado Mixto permitieron después la reintegración de algunos empleados, distinguiéndose el comunista Dámaso Torres entre ellos. Una de las pocas mujeres despedidas fue precisamente Maruja Soto, quien optó sin embargo por renunciar a cualquier demanda laboral. En esta coyuntura debió afiliarse a la Agrupación Socialista de Las Palmas de Gran Canaria y su proceder durante la huelga cosechó los parabienes de sus camaradas políticos y sindicales. El manifiesto del Sindicato Profesional de Empleados de Banca del 14 de octubre de 1933, suscrito por el presidente Rodríguez y el secretario Torres, aludió a ella indirectamente al decir “que si en algún momento desviamos la vista, sea para tomar alientos al ver el ejemplo que nos da nuestra tan valiente compañera”. Más expresivas y directas fueron las lisonjas simultáneas de Josefina Luaña Ledón (Incógnita), previas a los estímulos que en nombre del Sindicato del Vestido y del Tocado dio a la convocatoria de huelga general del 30 de octubre. Empezó por advertir que, en calidad de socialista, estaba “orgullosa de contar entre las de mi sexo a la compañera María Soto”, a la cual utilizó por eje de sus reflexiones. Al contrario de otras empleadas del Banco Hispano-Americano y del Bank of British West África, que no se unieron a la huelga o la traicionaron después, había resistido firme junto a “los leales de Banca”, pese a no ser una “burguesa oficinista” y precisar de las retribuciones para sobrevivir. Los gritos de aliento finalizaron con esta ofrenda a su persona: “¡Viva mi compañera María Soto! Bien por ella, la única entre todos que supo comprender por qué luchaban sus hermanos de Banca”. El recuerdo de la huelguista consecuente reapareció en las necrológicas de los órganos de las Federaciones obrera y socialista. Aquel llegó a proferir que había sido “el sostén de sus camaradas”, aún poco experimentados en las luchas sociales. Al apreciar los titubeos de muchos trabajadores bancarios, “ardió Maruja Soto en santa indignación proletaria” y, al reabrir los bancos sus puertas sin abdicar de las represalias, se mantuvo dignamente al margen de cualquier componenda. El portavoz socialista abundó en tales consideraciones al instruir que, desde el ángulo sindical, “fue siempre todo un temperamento” y franqueó un “sólido espíritu de clase”. Había inducido la entereza de sus compañeros hasta el último instante y el Hispano-Americano la tipificó de rebelde, acabada la confrontación. Está bien sentado, pues, que Maruja Soto formó parte de esos “elementos perturbadores” tan incómodos para las jerarquías bancarias. Después de muerta, no obstante, el cosechero y exportador derechista Francisco Padrón Morales, peón de brega de la Federación Patronal, se atrevió a referir unas supuestas confidencias personales en las que admitía las razones del gerente de la entidad, Santiago Álvarez Rodríguez, “del que hacía elogios en lugar de acusarlo”. La demoledora réplica de un comunista disidente, el joven letrado Ambrosio Hurtado de Mendoza Sáenz, destruyó esas falacias al reivindicar “la memoria de nuestra querida compañera y excepcional mujer”, haciéndolo con arreglo a las trivialidades varoniles de la época: “Maruja Soto jamás pudo pronunciar semejantes palabras. Maruja Soto tuvo una actuación en la huelga bancaria, que ya la hubieran querido para sí muchos ‘señoritingos’ de esos que llevan pantalones por equivocación o por seguir la costumbre. Precisamente por su actuación viril, la Dirección del Banco Hispano-Americano lanzó su furia contra nuestra compañera. (…) Su espíritu enérgico no le permitió quedarse en una situación de aduladora cuando sus compañeros se lanzaron a la huelga. Ella era una explotada como ellos y su puesto estaba con todos. Así lo hizo. Muchos ‘hombres’ traicionaron a sus compañeros y, por lo tanto, se traicionaron ellos mismos…Maruja Soto luchó como una verdadera explotada hasta el último momento en la huelga de Banca, sin prejuicios pequeño-burgueses. Cada día iban desertando los más furibundos ‘compañeros’. (…) Maruja Soto resistió con un grupo de abnegados compañeros hasta que se quedó en la calle”. El prestigio que dio a Maruja Soto su combatividad a lo largo de la huelga bancaria la encumbró entre las mujeres socialistas y la introdujo de lleno en la campaña electoral de la Coalición de Izquierdas para las elecciones generales de noviembre de 1933. Es muy curioso que la Agrupación Socialista tuviera instalado el comité electoral del distrito de Triana, encabezado por el presidente del Gremio de Artes Gráficas, Francisco Rodríguez Bolaños, en el número 20 de la calle Buenos Aires, es decir, pared con pared al hogar de los Soto Tavío. De las tres mujeres que fueron oradoras en los mítines, en medio de una quincena de hombres, la despedida del Banco Hispano-Americano ocupó el punto más sobresaliente. El día 16 habló en el local del comité socialista de San José al lado de dos exconstituyentes, el médico Bernardino Valle Gracia y el catedrático Juan Negrín López, y del herrero Miguel Barrera Alonso, antiguo cabecilla federal y cofundador del primer socialismo en Las Palmas. Con aquellos postulantes a la reelección, más el segundo candidato socialista, el abogado e ingeniero Antonio González Medina, tomó la palabra al día siguiente en Agaete y en Gáldar. Hemos visto cómo la maestra Agustina Padilla Martínez intervino en un acto electoral de mayo de 1931, un epifenómeno en nada equiparable al desempeño de Maruja Soto dentro de la plana mayor de la izquierdas. Era la primera vez que el nombre de una mujer aparecía en subtitulares de prensa invocando una movilización cardinal para los principales grupos del republicanismo auténtico. De los discursos de la “oradora fácil” se dijo que aprovechó las tribunas “para propagar los postulados socialistas” y alentar “a nuestros camaradas”. El 18 peroraron Josefina Luaña en dos mítines de Firgas y Nieves Sosa en tres de San Lorenzo.A pesar de tratarse de una mujer burguesa, o mejor, de clase media, Maruja Soto estuvo lejos de la “oficinista” al uso del imaginario convencional. Unió a las inquietudes artísticas los compromisos socialdemócratas y abiertamente republicanos. Era, según Ambrosio Hurtado de Mendoza, “todo un ejemplo de modernidad, pero no de modernidad como la interpretan las insulsas y bien vestidas paseantes de Triana Street”. Cuando la despidieron del Hispano-Americano sus relaciones sentimentales le procuraron accidentalmente ocupación en el periodismo. La corporación federal-socialista le dio al arrancar enero de 1934 una plaza de auxiliar en las oficinas del Reparto Municipal, aunque ella acreditó que podía tener un jornal sin enchufes oficiales de por medio. Gracias a Juan Padrón la contrataron en La Provincia por sus habilidades antes de la huelga bancaria y a su término llegó a “redactora artística” del diario. Nunca efectuó una exposición individual, como sí lo hizo su condiscípula, la escultora y pintora Dolores Medina de la Nuez, en el Centro Farmacéutico a mediados de febrero de 1933. Únicamente colgó sus telas en la colectiva de los alumnos de Manolo Ramos que el preceptor escogió por escoltas. Otros de estos verán sus apuntes en el “rotativo ilustrado” con posterioridad; Maruja Soto les abrió el camino. La exclusiva concurrencia en prosa la reservó para la muestra de su estimado José de Armas Medina en el Círculo Mercantil. En tanto alguien no demuestre otra cosa, sostenemos que Maruja Soto se convirtió en la primera ilustradora gráfica del periodismo grancanario, una actividad normalmente encomendada a las destrezas masculinas. Los exponentes parciales que recogemos en la tabla adjunta, valen de sobra para enjuiciar las variadas creaciones que La Provincia incluyó en sus columnas durante poco más de un semestre. Y faltan en el repertorio muchas ilustraciones que no estamos en condiciones de asignarle con propiedad. El criptógrafo Rodolfo López Salcedo afirmó en octubre de 1934 que hasta el 19 de marzo, víspera de la inmolación, había dibujado los jeroglíficos de la serie dominical “Quebraderos de cabeza”, sustituyendo a Pedro Sánchez González desde su inesperada marcha a la Península al mediar el otoño de 1933; apenas le atribuimos el par de estampas que halagó uno de los lectores, pero cabe suponer que entregara más de la veintena. Por otro lado, los responsables de las noticias deportivas aseguraban después de la tragedia que la sección “Cocktail de natación” había recibido “muchas veces el rejuvenecimiento de sus pinceladas plenas de humorismo y sentimiento”, adjudicándole la cabecera del número. En definitiva, si incorporamos estas labores gráficas de índole menor y de inseguro reconocimiento, la ilustradora Maruja Soto dejó en La Provincia alrededor de 110-120 expresiones de su arte pictórico en el intervalo terminal de la existencia, siempre incorporando las difundidas a título póstumo que inicialmente fueron descartadas y sin tomar en consideración otras sin autógrafo o excluidas por circunstancias recónditas.

El encargado de la sección “Para ellas” anunció el 9 de septiembre de 1933 que iba a integrar láminas de “la gran artista” Lía Tavío y de las señoritas Maruja Soto y Ángela Calvo. Dos semanas antes de arrancar la huelga bancaria, la aprendiz de Manolo Ramos emprendió unas colaboraciones esporádicas que serán habituales tras el despido hacia mediados de octubre, momento de servir en calidad de “redactora artística”. Las cinco ilustraciones de aquella serie invocan, las dos primeras, el estudio del maestro, las dos siguientes la atmósfera íntima de una pareja con toques sensuales y la última una visión crítica de los tópicos andaluces. En todas se percibe el ascendiente de la madre y quizás no las pintase ad hoc. Entre las que sí trazó como parte del oficio hallamos el semblante realista de Francisco Trujillo Pérez, (a) Pancho El Bruto, delincuente común de Las Alcaravaneras al que mató el 5 de noviembre un guardia municipal en defensa propia, donde traslució los rigores de la marginalidad en un género que tanto apasionaba a su amante. Las otras figuras sueltas poseyeron distinto cariz, empezando por las caricaturas de dos banqueros británicos a quienes conoció: Durban Oliver Davis, director del Blandy Brothers, y Allan Herbert Selley, director del British West África. Más que ofrendas a esos personajes, insinúan el sarcasmo ante figurines capitalistas como especie de venganza sindical. Una de las tareas iniciales que afrontó la “redactora artística” fue la de iluminar el reportaje sobre el Manicomio de Las Palmas elaborado por Juan Padrón entre octubre-noviembre de 1933. Las seis entregas del mismo, de gran utilidad antropológica, las completaron las fotografías de Utrera y los bocetos de Soto. En dos de estos representó a locas desde la ternura casi infantil de miradas y ademanes; las duras facciones y los gestos ceñudos de un padre y un hijo que no se reconocían, traducen los infortunios de la demencia; la pose forzada del fotógrafo al retratar a una maníaca empeñada en no levantarse del suelo, aportan un timbre de humor entre las desventuras; los severos perfiles de una Hermana de la Caridad, renuente a la cámara, simbolizan el contrapunto de la autoridad en formato de celadora de prisiones; y finalmente la apática severidad de un perturbado en misiones administrativas y de los directores del psiquiátrico. El estreno de la periodista gráfica Maruja Soto rindió en verdad halagüeñas perspectivas y a continuación vino la interviú de Padrón al doctor alemán Richard H. Stein, musicólogo y filósofo que durante un semestre de 1914 visitó Canarias y que en 1932 se afincó en la isla redonda, realizada en la mansión que había edificado cerca del Hotel Santa Brígida, por el camino de La Angostura, un auténtico santuario cultural al que denominó Casa del Sol. En esta oportunidad ejecutó la ilustradora el primero de los retratos de medio cuerpo de herr Stein, con el cual trabaron ella y su madre una intensa amistad, asistiendo con frecuencia a las audiciones y demás espectáculos que aprestaba en la mansió ; el domingo 18 de marzo, dos días antes del suicidio, acometió el segundo durante uno de aquellos convites. La serie “Chicas conocidas”, inserta en la “Crónica de sociedad”, absorbió el grueso de las faenas laborales de Maruja Soto para el diario y reportó su proyecto más ambicioso. El joven madrileño Martín Costa, dibujante de la edición nacional de la revista estadounidense Vogue, pasó una temporada en la capital provincial y el 19 de octubre de 1933 inauguró en el Hotel Metropole una exposición de retratos “de distinguidas y conocidas señoritas de nuestra sociedad”, entre las cuales hubo algunas de las pintadas después por Maruja Soto. Con esta u otras inspiraciones se lanzó a un trazado de factura similar, evidentemente azuzada por alguien tan mundano y frívolo como Juan Padrón, metido hasta las cejas en los concursos de mises y otros saraos de oropel del todo Las Palmas. Hemos contabilizado 24 acuarelas de “Chicas conocidas”, de las que 20 se publicaron en un bloque, a menudo de periodicidad diaria, entre el 26 de noviembre de 1933 y el 4 de enero de 1934; las restantes aparecieron de manera dispersa el 17 de enero, el 2 de febrero, el 11 de marzo y el 4 de abril. Tal parece que la colocación en las dependencias municipales del Reparto puso freno a una labor que demandaba bastantes horas con los pinceles y las espátulas, cumplida lo más probable por medio de fotos de estudio y no al natural con sesiones de posado. Sea como fuere, terminó otras piezas del florilegio que el diario no dio a conocer. Los guías de la sociedad Neo-Tea, como “raptores de guante blanco”, reunieron en su archivo una colección de la galería que, en obsequio de la autora, les editó El Eco de Canarias en febrero-marzo de 1975. Y aquí registramos tres acuarelas exceptuadas entonces y que dejamos fuera del arqueo. Es chocante ver a una socialista retratando a mujeres de la aristocracia y de la alta burguesía por excelencia, muchachas que habían votado desde luego por la Coalición Antimarxista de radicales y agrarios en las elecciones generales y afines a cualquiera de los tres partidos derechistas de estirpe monárquica. La “redactora artística” tuvo que ceder la absoluta prioridad a las enemigas de clase por exigirlo así los jefes del diario conservador, quienes seleccionaron el ramillete. Solo un par de esas chicas se distinguieron en los planos profesional o cultural: la doctora en Leyes Josefina Perdomo Benítez, a quien ya conocemos, y la cantante y rapsoda Francisca (Paquita o Pacota) Mesa Suárez, vocal de la Sociedad Amigos del Arte Néstor de la Torre en 1935-1938. La noche anterior al suicidio bosquejó Maruja, para uno de los tertulianos de su casa, tres rápidos apuntes de Paquita Mesa en gestos de recitadora; los terminales delineados en un rincón de la sala y enteramente abstraída. Casi todas las otras plasmadas eran niñas bien o de papá y algunas renuevos de la flor y nata de la oligarquía. No resulta casual que arrancase el lote con Otilia de León y Castillo y Manrique de Lara, hija del III marqués del Muni, y con su prima Sebastiana (Chanita) Manrique de Lara y Astudillo. Se trataba de las sosas paseantes de Triana Street, enseñas de los bailoteos del Casino, del Club Náutico, del Hotel Metropole, de Los Frailes y demás espacios de sociabilidad para el “gran mundo” palmense. Varias recalaron después en la Sección Femenina de FET y de las JONS y no faltaron las casadas con falangistas de renombre. Las dos acuarelas de “Damas de la sociedad canaria” formaron parte en rigor de “Chicas conocidas”, insertas en su encadenamiento cronológico. Pero al retratar a estas señoras no se escogieron a simples amas de casa, faltas de otra significación que la del estatuto matrimonial. Esposa de Luis Corujo y Corujo, capitán de Intendencia y contador de la Armada, María Luisa Padrón Melián había sido una de las intérpretes de la zarzuela La hija del Mestre de Santiago Tejera Ossavarry y la incorporaron también al reparto de la versión cinematográfica de Gran Canaria Films, dirigida por Carlos Luis Monzón Grondona y estrenada en 1928. Además fue una de las dos mujeres electas como vocales de la junta directiva del Club Natación Metropole en julio de 1935. Y Pura Saralegui, dama del famoso promotor de este deporte y cónsul del Uruguay, Silvio Montero Paulier, era una gran pianista que debutó el 19 de abril de 1931 en un concierto del Teatro Pérez Galdós para honrar a la República Española. Asociada a ambas series estuvo otra de menor alcance, la “Galería infantil”, donde Maruja retrató a tres niñas y otros tantos niños del círculo familiar y amistoso. Las “Chicas conocidas” se transfirieron antes de su muerte a Manolo Ramos, aunque solo aportó dos carteles previos a la sustitución, igualmente de pasada, por el caricaturista tinerfeño Antonio Mesa Marrero (Mesita). No desaparecieron del todo las ilustraciones gráficas de las retratistas, frecuentemente también alumnas del escultor, si bien como instrumental periodístico tendieron a decrecer por el mayor abono a los negativos del Estudio Moderno o de Fotografía Alemana. Los historiadores del Arte podrán enjuiciar la obra de Maruja Soto con precisa jurisdicción. Sin querer meternos en camisa de once varas, juzgamos que lució bastante facilidad para el dibujo y un cierto oficio al introducirse en ámbitos que escapaban a la mujer en aquella singladura. Aun así, no parece tener un estilo bien definido por norma. Versátil en la fecundidad de sus escasas producciones, a menudo parecen manos distintas las que operan y se intuye la falta de elementos creativos en la combinación de recetarios dispares. Podría decirse que lo más personal de sus facturas fue lo de mayor sencillez, singularmente en el orden caricaturesco. Las “Chicas conocidas”, ajustadas sobre todo al patrón de las revistas francesas o estadounidenses de moda, distaron de constituir sus mejores logros con esos estereotipos faltos de vitalidad. Seguramente entrañaron prácticas que abandonó en cuanto pudo. Los coetáneos, sin embargo, apreciaban sus cualidades artísticas hasta el punto de augurarle un futuro prometedor, incluso los de otras latitudes. El escritor manchego Cástor García Rojo la llamó, en la revista peninsular Horizonte que dirigía, “buena orfebre del lápiz y del pincel”, considerándola “mujer con talento, con arrestos para volar alto”. Una de las dos ilustraciones que ella dibujó para su cuento “Jardín de la cárcel”, la del preso abatido en el camastro con flores en un recodo, tuvo una lograda intencionalidad emotiva que sin duda agradó a quien era heterodoxo funcionario del cuerpo de prisiones y autor de la novela Sanatorio de almas (1928). Las excelentes cualidades de Maruja Soto para el retrato de ocasión volvieron a exhibirse en las reseñas de su amante acerca del matusalén isleño de La Pardilla (Telde), los capitanes de dos submarinos italianos y, en especial, los 10 bosquejos del Asilo de Ancianos Desamparados, los cuatro de la Junta de Protección de la Infancia y los tres de la Leprosería Regional, todos ellos propagados entre el 3 de febrero y el 10 de marzo de 1934; aparte figura el de un telépata e hipnotizador alemán del 16 de marzo, la última de sus concurrencias en vida. Otras vez el mimo hacia penalidades de los humildes, ahora entre la colectividad leprosa y asilada, sirve de contrapunto frente a la rígida frialdad de unas monjas con portes carcelarios, tono anticlerical descollante en la superiora del lazareto. La tira cómica en 12 viñetas insertada el 11 de marzo se inscribe en los pasatiempos generalizados que ordinariamente no firmó, prototipos de sus heterogéneas aptitudes. El humor a propósito de un combate de boxeo es la antítesis del teórico espíritu atormentado y propenso a la desesperación. Ningún signo exterior en los cuidados terminales de la “redactora artística” hacía presagiar el infortunio que se avecinaba. La procesión iba por dentro. El hombre por el que se quitó la vida Maruja Soto era un personaje reconocido en la prensa que había alcanzado celebridad literaria. Emigrante de juventud a Cuba, Juan Padrón Melián se hizo periodista trabajando para el diario habanero El Mundo, del que fue corresponsal en Nueva York. Las posiciones contrarias a la dictadura de Gerardo Machado y Morales, adoptadas por el noticiero modernista, le animaron a volver a su tierra natal hacia mediados de 1931. Entre el equipaje trajo el borrador de una novela, Sueño de demente, de la cual dio a la estampa en La Provincia siete cortes en febrero de 1932. A principios de este mes había entrado en la redacción al hacerse cargo de las secciones informativa y técnica. No tardó en llegar a redactor jefe y, conforme al aprendizaje cubano, reforzó la parte gráfica y la crónica social. En diciembre salió la novela de los talleres del periódico, anunciada como “un verdadero tratado de locura moral” extendido sobre el Penal de La Guayana Francesa; una suerte de anticipo del Papillon (1969) de Henri Charrière. La aparición del libro conmocionó a un sector amplio del público y le dio al prosista tacha de cultivador erótico y hasta pornográfico. Y no obstante captó los parabienes de numerosos escritores isleños, desde el patriarca de nuestras letras Agustín Millares Cubas hasta el anarquista Domingo del Toro Santana, pasando por Jordé y Ángel Guerra. Con una pequeña tirada inicial, el grueso de los ejemplares se remitieron a la Península y la América hispanohablante. Los artículos de Juan Padrón entre 1932-1933 destaparon que era un todoterreno del periodismo de avanzada formal, ya al escribir sobre Al Capone, los municipios rurales, la crónica de sucesos o la crítica literaria. En las glosas a las deportaciones de anarcosindicalistas y comunistas del vapor Buenos Aires, ya desde marzo de 1932, puso de relieve las propensiones hacia las derechas con modos chulescos. Claro es que asistía a un diario ultraconservador que, incluso durante la Segunda República, expresó sin ambages los hechizos por el dictador Primo de Rivera. Desde el órgano socialista llegó a explicarse que tuvo dispuesta una proclama saludando la intentona golpista del capitán general José Sanjurjo Sacanell, marqués del Rif, y sus secuaces africanistas el 10 de agosto, y aunque el mismo redactor jefe orquestó el desmentido de la plancha editorial, las acusaciones “de monarquismo madruguero y republicanismo de alborada” siguieron en pie, dirigidas hacia el polémico inventor del Sueño de demente, como si la sanjurjada también lo hubiera sido a toda costa. En mayo de 1933 lo tildaron de mantener asiduas relaciones con la colonia germana y en particular con el cónsul Walter Sauermann; ambos salieron a rebatirlo, mas por entonces su novela estaba siendo traducida al alemán y la revista Gran Canaria de Domingo Navarro y Navarro, proclive al nazi-fascismo, exaltaba su “personalidad propia y definida” frente al ataque de “los ineptos”. Árbitro de lucha canaria y muy aficionado a todos los deportes, el señor Padrón Melián fue por esos años vocal de la Federación de Clases Medias en Las Palmas de Gran Canaria y secretario del Sindicato de Periodistas Profesionales. La propia tipografía de La Provincia imprimió en septiembre de 1934 su segunda novela, Agnición, un derroche de voluptuosidad situado en Cuba y donde la protagonista mata a tiros al esposo, con quien la obligaron a casarse, y a continuación se suicida en aras de un amante celoso y dedicado al periodismo. ¿Algún trasunto velado y parcialmente contrapuesto del romance con Maruja Soto? En todo caso prosiguió el galán con sus variopintas devociones: el 17 de mayo de 1934 leyó Paquita Mesa un poema suyo por Radio Las Palmas y al año promovió el Día de la Madre en la capital provincial. Las connivencias del redactor jefe con la política del bienio negro adoptaron un giro protofascista al entrevistar al legislador José María Albiñana Sanz en septiembre de 1935. De inmediato lo incluyeron los radicales en la gestora gubernativa del ayuntamiento capitalino que presidió el letrado José Ramírez Béthencourt y en ella permaneció en calidad de “independiente” hasta el triunfo del Frente Popular. Junto a su cofrade Domingo Navarro alentó después el falaz restablecimiento de la Asociación de la Prensa, repudiado por profesionales de muy diversa adscripción política, aunque los dos encabezaron por fin la comisión reorganizadora. Desde semejante atalaya brindaron cobertura a los facciosos en julio de 1936. El 7 de diciembre de 1937, en El Correo Español de Bilbao, divulgó Padrón algunas de sus charlas con Navarro acerca de los prolegómenos del Alzamiento en la isla. Dos años después marchó a Londres, dedicándose primero a la importación frutera y luego a la administración de una empresa constructora, hasta impartir clases de español en un instituto. Allí falleció en febrero de 1986. El amor fue particularmente ciego para Maruja Soto. Se enamoró de un prójimo de indudable valía intelectual y a la vez de orientaciones reaccionarias en lo político, a despecho de las rupturas con los prejuicios sociales en la esfera sexual. Un hombre casado y que no deseaba ir más allá de la aventura pasajera con una roja. Maruja tuvo “un alma femenina rebelde”, según estipuló el obituario de La Voz Obrera, pero hay rebeldías que naufragan ante los enamoramientos románticos. Verdaderamente el peso de la derecha predominó en su espacio íntimo y en el profesional, ya que ningún periódico de izquierdas logró disponer, salvo en ocasiones muy puntuales, de medios financieros para ediciones ilustradas. Es fácil colegir su mala conciencia al poner su talento al servicio de un diario retrógrado. Las necrológicas de la prensa republicana y socialista resaltaron la faceta pictórica junto a la político-social; esta última desapareció por completo en la radical y la cedista. Tal duplicidad ideológica se expresó perfectamente en su entierro y en su lápida. De plano constituyó el sepelio del 21 de marzo de 1934 un ceremonial propio del sindicalismo y del socialismo: las coronas de sus compañeros del ayuntamiento de Las Palmas de Gran Canaria, del Sindicato Profesional de Empleados de Banca, del Sindicato de Trabajadores Mercantiles y de la Agrupación Socialista; las banderas de los dos colectivos finales en el coche fúnebre; y el ataúd cubierto con el estandarte de la Federación Provincial de Sindicatos Obreros. Lo que vino después sería otro cantar. A mediados de abril de 1934 estrenó el pianista y compositor Manolo Peñate Álvarez, en una de las funciones privadas del doctor Stein, la Misa y cortejo fúnebre en memoria de Maruja Soto que basó en un poema de Montiano Placeres. Impresa en julio con portada de Lía Tavío, la pieza musical se interpretó también en el concierto ofrecido por el tenor José Mujica Rivero el 18 de agosto en el Gabinete Literario. Y hemos de saber que el músico Manolo Peñate era un ultracatólico que en marzo de 1937 estampó su Marcha épica en glorificación del Caudillo de los Ejércitos. Porque muchas de las amistades artísticas de Maruja estaban en los antípodas de sus ideales; las diferencias preservaron los afectos, aunque al morir ella no parecieron los derechistas muy respetuosos con sus opiniones. De este radio provino la iniciativa de tallar en mármol la estela mortuoria que esculpieron Manolo Ramos y su alumno Gregorio Dorta, colocada el domingo 2 de septiembre en un ritual presentado como “homenaje sentimental a la genial mujer”, del que excluyeron toda significación política. Es paradójico que las ofrendas públicas llegaran del lado de los antagonistas en ideas. El problema radicó en que grabaron una cruz entre las inscripciones, cuando la difunta siempre fue “enemiga de las creencias religiosas”. Uno de sus camaradas entendió que la habían ultrajado y trajo a colación una de sus frases: “La cruz es sinónimo de esclavitud”. Así hay que considerarla: artista, sindicalista, socialista y atea. Y también suicida, claro está. No pudo vencer las torturas del corazón y acabó hiriéndolo de muerte. Atrás dejó a una madre que, al casar su único hijo e internar a la segunda hija en el Manicomio, vivió sola dando clases particulares y colectivas. Larga y fértil vida la suya hasta expirar a los 92 años el 8 de noviembre de 1965. La viuda de Soto se aferró más al Arte en la intentona de comprimir el trauma por el quebranto de su primogénita. A la Maruja final también le pareció el Arte lo único digno de ser tomado en serio. Durante la entrevista que le hizo el citado Cástor García Rojo, lanzada póstumamente, “murmuró sonriendo como la Gioconda de Leonardo da Vinci” para implorarle no repetir que su alma era de cristal puro. Y al apetecer el manchego las razones de la súplica, respondió categórica: “Porque si mi alma es de cristal como usted afirma, no tendrá nada de particular que algún día se haga mil pedazos”. Y eso fue lo que ocurrió precisamente. Por voluntad propia terminó destruida en mil pedazos. Aquella “mujer excepcional” que se reía del mundo a esas alturas, que por doquier observaba “caretas como si viviéramos en perpetuo Carnaval”, decidió burlarse de sí misma un 20 de marzo de 1934. En la certificación judicial falta una casilla respecto a los motivos de la “herida por arma de fuego”: suicidio por desengaño amoroso.

 

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