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Red de Investigadores sobre Identidades Nacionales

Los muros y las barreras no son soluciones

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Han pasado casi cinco años desde que leí esta ponencia en la Conferencia Internacional que, organizada por la Heinrich Böll Stiftung, se celebró en Berlín durante los días 19 y 20 de mayo de 2009, con el título Fortaleza o Espacio de Libertad? La gestión de las fronteras de la Unión Europea en el Mediterráneo

Y, si se lee el texto con atención, podrá observarse que las predicciones pesimistas se quedaron cortas.

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Gracias por la invitación recibida, y una obligada aclaración: las Islas Canarias se emplazan en el paralelo 28º de latitud norte –podríamos decir que estamos perdidos en la inmensidad el Atlántico-. Sin embargo, las islas constituyen ciertamente una de las puertas de acceso al Espacio Schengen. Por eso, es un acierto contemplar la especificidad del Archipiélago en esta Conferencia, aunque el marco geográfico indicado en el título contemple sólo el Mediterráneo.

Plantear estrategias, sugerir rectificaciones o enjuiciar las políticas de la Unión Europea en materias de inmigración y de derecho de asilo requiere, en primer lugar, un conocimiento de la realidad sobre la que se quiere actuar.

En Canarias somos testigos de excepción de los flujos migratorios intercontinentales: en particular, de los que proceden de Iberoamérica y del Occidente de África.

En Canarias vemos y tocamos esas realidades. Nuestras islas, por su peculiaridad geográfica, constituyen un excelente observatorio astronómico para los observadores del firmamento, por la claridad y la limpieza de su cielo; son también un interesantísmo observatorio volcánico, por la singularidad de su geomorfología, y un apasionante observatorio humano, por su condición de encrucijada de gentes de todo el mundo.

La observación de los flujos migratorios que se dan cita en el Archipiélago arroja una primera evidencia: no hay poder humano capaz de detener la marea migratoria. En España usamos una expresión que viene muy a propósito para describir esa realidad: no se puede poner puertas al campo. Por tanto, los esfuerzos por frenar ese movimiento son inútiles. Además son egoístas, insolidarios, ciegos.

La consecuencia indefectible es que la política europea en materia de control de flujos migratorios y la regulación del derecho de asilo requieren una revisión a fondo.

Algunas de las soluciones ideadas para afrontar el fenómeno de la inmigración irregular son sólo remiendos chapuceros. Por ejemplo, en España se ha ideado la figura del arraigo social, que permite normalizar la situación de quien se encuentra en situación de irregularidad administrativa. Se precisa para ello que pueda probarse la estancia en el país durante tres años y que se disponga de una oferta de trabajo. Pero, ¿cómo puede una persona sostenerse económicamente durante tres años si no se le permite trabajar?; ¿y si, como resulta más que probable, al cabo de ese tiempo no encuentra ninguna oferta de empleo? Evidentemente, al menos en este caso, la norma legal se presenta como una clara invitación a la ilegalidad.

Tal vez haya que preguntarse: ¿hay sincera voluntad política de los países miembros de la Unión Europea de facilitar el proceso de integración ciudadana a los inmigrantes? Parece que no, al menos en España: porque, si la hubiera, ¿cómo explicar la ineficacia de la gestión administrativa, el escandaloso retraso de los trámites, la desproporción entre el cuantioso gasto contemplado en la partida de controles fronterizos y las irrelevantes cantidades invertidas para ofrecer oportunidades de trabajo y de vivienda a los que vienen de fuera?

¿Cómo justificar los vergonzosos interrogatorios a que funcionarios de consulados españoles someten a nacionales de otros países y a españoles que han contraído matrimonio? ¿Cómo se permite que un funcionario anónimo se atreva a plantearles preguntas sobre cuestiones privadas de la vida de la pareja o sobre la intimidad personal, en nombre supuestamente del control de los flujos migratorios?

Los políticos europeos han de replantearse sus propuestas y las directrices que propugnan. No bastan reformas que maquillen desperfectos. Hay que proceder a una reestructuración desde la base, que arranque del conocimiento real del estado de cosas en los países de origen.

Los diseñadores de esas políticas han de mancharse los zapatos recorriendo las calles de ciudades como Bamako, Dakar, Saint-Louis o Nuadibú, y visitando las casas donde se amontonan las personas que de un día a otro decidirán acometer la aventura del salto a Europa, sin reparar en trabas documentales y sin querer mirar a su alrededor para contar el número de muertes que se contabilizan entre parientes y amigos que tuvieron ese sueño antes que ellos.

¿Cómo se puede juzgar sobre el derecho de asilo, sin conocer de cerca las motivaciones que impulsan a solicitarlo a los ciudadanos de Costa de Marfil y del Sahara Occidental hoy incorporado a Marruecos, principales demandantes de asilo en Canarias?

Pensemos en el caso de España, donde la crisis económica ha disparado el índice de desempleo hasta el 20% de la población activa. Nadie puede pensar honradamente que se revierta la situación, ni siquiera por arte de magia, mientras la industria de la construcción, en riesgo de colapso, siga siendo uno de los principales propulsores para la generación de empleo.

Deseo terminar aquí. El mensaje que he querido transmitir es muy sencillo: la política no puede ignorar la realidad, y la realidad –que es tozuda- nos dice que los muros y las barreras no son soluciones. Ahorremos, pues, en la construcción de barreras y de muros, y pensemos en inversiones más rentables.

 

Texto en fuente original

 

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